Meditación : la fé

3.- Meditación del 21 de julio del 2013

Si la Eucaristía es el fundamento de toda nuestra vida cristiana es porque es el don del corazón de Jesús, de su corazón herido que tiene sed de nuestro amor. Y Jesús solo puede darse a nosotros si tenemos sed de su amor y si estamos ávidos de recibir todo de Él. (…)

En el capítulo 6 de San Juan, Jesús nos revela que Él es el pan verdadero, el del Padre, que el Padre nos da como testamento de amor. Y dándonos el pan, el Padre nos da también el vino, la sangre de Cristo, que es un don de sobreabundancia. No nos da el vino separado del pan, nos lo da junto al pan, los dos son inseparables, Jesús los unió en la última Cena. En la prefiguración (Caná y la multiplicación de los panes), no los unió, para que comprendamos mejor este doble símbolo.

Esto nos hace comprender a la vez que la misericordia de Jesús nos es absolutamente necesaria para avanzar en la vida, y que su última misericordia en la Cruz, el don de la sangre proveniente de la herida de su corazón, es la sobreabundancia. Es por eso que hay el don de la sangre: para que podamos recibir este misterio de amor en la gratuidad y en la sobreabundancia. La sobreabundancia del vino y la necesidad del pan ponen en la luz cada una de las características particulares de la necesidad del amor. El amor es a la vez lo que es más necesario en nuestra vida y lo más sobreabundante; y en el orden del amor, la sobreabundancia es finalmente lo que es más necesario. Y el amor divino es gratuitamente esta necesidad y esta sobreabundancia. (…)

Cuando Jesús hace algo, lo hace admirablemente, y todos los detalles son importantes, porque esta cena es la prefiguración de la Eucaristía. Cuando van a comulgar, ustedes no aportan nada más que su buena voluntad. Está la colecta de la limosna pero eso es aparte, no está en el Evangelio. Jesús no pidió a los apóstoles que hicieran una colecta, lo hizo gratuitamente. Y siempre debe ser así. (…) La primera vez que fueron a Misa, les dijeron lo que era la colecta, pero no les dijeron: “Estén bien atentos a eso”. La primera vez que fuimos a Misa nuestra madre o padre o un buen sacerdote nos dijeron que era un gran misterio… Y Jesús quiso que sea en una gratuidad absoluta. Ninguno de nosotros merece asistir a la Misa. Es el gesto más sencillo que hay. Es por eso que Jesús se sirve de cosas sencillas. Si hubiera utilizado alimentos muy raros, muy costosos, hubiéramos puesto el acento en la materia ofrecida, dada. Pero no: Jesús quiere esconderse y ofrecerse de manera escondida, de la manera más sencilla para hacernos comprender lo que es la gratuidad, y la gratuidad absoluta.

La multiplicación de los panes es una preparación, claro que es una preparación lejana, pero como quiera es una prefiguración: es la gratuidad y el hijo coopera a esta gratuidad con alegría. Esto es muy grande.

Padre Marie-Dominique Philippe,o.p.

4.- Meditación del 28 de julio del 2013

El encuentro con la samaritana (Juan 4)

La mayor alegría del corazón de Cristo es escucharnos en medio de nuestra miseria. Es verdad que no es gracioso confesarse, confesar sus faltas, reconocer que somos pobres reducidos a nada ¾como todos los pobres. Porque no hay distinciones entre nuestras pobrezas, todos somos iguales, el pecado no tiene nada de original, nada de personal. Es la misma destrucción de la persona. En un sentido estrecho, el pecado es individual, nos deja en el fango, nos hace apegarnos a cosas que no son bellas. Pero Jesús no mira el pecado como lo puede mirar un pecador, lo mira como Salvador, lo que es muy diferente. En su amor mira el pecado en toda su inmundicia, en lo más terrible: rompe nuestro vínculo con Dios Padre, con Aquél que es amor, que no es más que amor. El pecado es anti-amor, y le corta las alas al pajarito. Nuestra alma es como un pájaro  ¾ la comparación es del Espíritu Santo[1]¾, le gusta cantar y volar, y el pecado la hace pesada, le impide volar.

Nuestro corazón está hecho para amar, y el amor nos da alas; cuando amamos a alguien y que no lo hemos visto en mucho tiempo, nos precipitamos hacia esta persona a toda velocidad. Y el amor aligera; tenemos capacidades maravillosas de no sentir el cansancio porque amamos. Mientras que cuando estamos tomados por el pecado y que nos quedamos en éste, ya no logramos volar; nos sentimos pesados, envejecemos antes de la edad porque el pecado nos envejece y ensucia.

Jesús quiere que esta mujer, que tuvo cinco maridos, reencuentre el rostro que tenía antes de su primer pecado, el rostro de la pequeña Samaritana. Eso es lo que hace Jesús. El encuentro con Jesús, siempre es algo que aligera y que hace desaparecer el peso del pecado ¾que es algo que necesitamos terriblemente. Y Jesús, viendo llegar a los Apóstoles, tiene una mirada de alegría; es su misterio de Redentor que comienza.

Santo Tomás, cuando se pregunta sobre la necesidad de la fe[2] resalta que necesitamos la fe para comprender nuestra finalidad, para lo que estamos hechos. Y nuestra finalidad de cristiano (y nuestra finalidad de hombre), es estar hechos para la visión beatífica. ¿Cuántos cristianos viven de esta finalidad todos los días, desde que se levantan, desde que se despiertan? Estamos hechos para la visión beatífica, y entre más nos acercamos al término de nuestra vida, más comprendemos que toda nuestra vida de cristiano se finaliza por ella. Estamos hechos por la visión beatífica: es lo que da sentido a toda nuestra vida[3].

Padre Marie-Dominique Philippe, o.p.

5.- Meditación del 4 de agosto del 2013

La sanación del ciego de nacimiento (Juan 9)

            Lo que es notable en este capítulo 9 de San Juan,  es que vemos a este ciego de nacimiento en presencia de Jesús. Y como este pasaje de Jesús ocasiona bastante ruido alrededor de este ciego que recupera la vista, también vemos al ciego en presencia de sus padres y de sus vecinos. ¡Porque un ciego de nacimiento no puede viajar solo! ¿De qué le serviría? Siempre estaba en el mismo lugar. Lo vemos entonces frente a sus padres, sus vecinos y frente a los fariseos que querían comprender un poco lo que sucedía… ¡Este ciego de nacimiento se vuelve muy interesante! Antes no le hacían caso, simplemente estaba ahí. Sin duda algunos le daban alguna moneda, lo conocían así y de ningún otro modo: mendigaba, era el mendigo de la esquina. El día que tenían dos monedas se las daban, a veces no tenían nada y solo pasaban. Pero a partir del momento en que recuperó la vista, todos se interesaban en él, no a causa de su persona, sino porque Jesús mismo se interesaba en él. Se volvió un hombre interesante hasta para los fariseos, que antes no le hacían ningún caso: un ciego de nacimiento es un pobre tipo, desecho del pueblo, rechazado por Dios. Jesús, cargó con todos los daños del pecado original. Jesús y María, que no fueron ciegos de nacimiento, vivieron en medio de ciegos de nacimiento. Jesús cargó voluntariamente, y María con Él, la situación de este ciego de nacimiento, el poco interés que los hombres tenían hacia este pobre miserable. Y así súbitamente, gracias a Jesús, su situación cambió completamente. Esto es lo primero que vemos en el capítulo 9.

Es capital descubrir la mirada de Jesús sobre nosotros en tanto que ciegos de nacimiento. Él nos abre los ojos del corazón por medio de la fe. En efecto, la fe es la mirada interior de Dios en medio de las tinieblas de nuestra situación de hombre, en medio de las miradas exteriores de los hombres y en su manera de expresar e interpretar el misterio que no habían penetrado. Vean cómo los miran los que están cerca de ustedes, cómo los “doctores de la Ley” los miran, y cómo los mira Jesús. Todo esto se dice en este capítulo. Vuelvan a leerlo en esta luz y verán que es admirable. Es un capítulo sorprendente, muy diferente de los demás. Porque en los otros, siempre es Jesús el personaje principal; mientras que aquí Jesús está al inicio pero después vemos a la humanidad. En el Evangelio de Juan la mirada sobre la humanidad, con sus diversas reacciones ante la acción de Jesús, se desarrolla más. Cada uno de nosotros nos identificamos en él…

Padre Marie-Dominique Philippe, o.p.

6.- Meditación del 11 de agosto del 2013

“ Jesús le dice: ‘Yo soy la Resurrección y la Vida; aquél que cree en mí, aunque muera, vivirá’.”

            Esa es la fe frente la muerte. La muerte es un momento, es una prueba; para el creyente, la muerte no es un término, es un pasaje, un pasaje muy duro para nuestra sensibilidad que está en el tiempo. Es difícil, es una gran prueba que el creyente sabe que es una consecuencia del pecado original. Pero esta consecuencia del pecado Cristo la cargó en la Cruz y en el misterio de la Resurrección. Jesús resucitará por Lázaro, como resucita por nosotros, por cada uno de nosotros. Un creyente que ve morir a alguien que ama, o lo ve muerto, debe verlo en la luz de la Resurrección de Cristo. Entonces ya no dice como Marta: “Ya sé que resucitará en la resurrección, el último día”. No, para el creyente, la Resurrección de Cristo es actual (lo que es maravilloso), porque la fe cristiana está vinculada a la Resurrección de Cristo[4].  La Resurrección de Cristo está presente para el creyente, de tal manera que la muerte es relativizada. La mirada científica del médico o del erudito sobre la muerte no es la misma que la de Jesús. Para Jesús, la muerte es relativa a la Resurrección. Para que la Resurrección sea manifestada, sea visible, debe haber este pasaje difícil y doloroso que es la muerte. Así, la omnipotencia de Dios y su amor pueden manifestarse. La muerte permite que la omnipotencia de Dios se manifieste a través de la Resurrección, y que comprendamos que la muerte ha sido sobrepasada por la Resurrección, y que es en vista de la Resurrección que nos muestra la victoria de Cristo, su victoria sobre la muerte. Jesús, por su Resurrección, es victorioso de la muerte, y esta victoria la realiza por nosotros. Por Él y con Él somos todos, en tanto que cristianos, victoriosos de la muerte. La victoria de Cristo alcanza esto. Mientras no hayamos comprendido, en nuestra fe, que la victoria de Cristo es para nosotros, nuestra muerte seguirá siendo como un absoluto: no hay nada después de la muerte, todo está destruido. Pero si nuestra fe en la Resurrección de Cristo es plena, porta nuestra muerte, la transforma, y nos hace mirar la muerte como necesaria para que el misterio de la omnipotencia del Padre y de su amor pueda manifestarse plenamente y totalmente.

Padre Marie-Dominique Philippe, o.p.

7. Meditación del 18 de agosto de 2013.

¿Qué quiere decir para nosotros que “Jesús está vivo”? El Apocalipsis afirma que Jesús es “el que vive[5]”. El que vive es el que ama; solo vivimos cuando amamos. Y el que vive, de manera última, es el que ama con un amor divino; entonces el Corazón de Jesús es el corazón del que vive. Y cuando decimos: “¡Está vivo!”, cuando afirmamos esto en nuestra fe, afirmamos que Jesús es la Resurrección. Por lo tanto, es para nosotros que Jesús es la Resurrección. Mediante este misterio Jesús nos da parte en su gloria. Cada uno de nosotros tendrá una gloria proporcionada al grado de caridad que habremos alcanzado en la tierra, una gloria que será la obra común de Jesús, el Espíritu Santo y el Padre. Es una gloria trinitaria, una gloria que nos hará entrar plenamente en el misterio de la Santísima Trinidad. Viviremos en la Santísima Trinidad, en el cara a cara… En ese momento, el Padre nos introducirá en su intimidad, la intimidad más grande, para hacernos contemplar quien es Él como Padre, y eternamente seremos sus hijos amados.

Padre Marie-Dominique Philippe, o.p.

 

+

            La vida cristiana, mediante esta gracia que hace de nosotros hijos de Dios, implica evidentemente una gran exigencia de amor y, por consecuencia, de alegría. La vida cristiana es primeramente una vida alegre, pero de una alegría divina, no una alegría humana; de una alegría divina, es decir, de la presencia de Cristo en nuestra vida. Pero la vida cristiana también implica vínculos muy profundos con la Cruz de Jesús, es por eso que en toda nuestra vida cristiana hay una parte de sufrimiento y de tristeza. Pero la alegría siempre debe dominar. A veces, del punto de vista psicológico, tenemos la impresión de que la tristeza domina; pero eso no puede ser más que a nivel secundario, no es lo que es más profundo en nuestra vida cristiana.

Lo más profundo en nuestra vida cristiana es nuestra unión a Jesús. La Cruz, como lo hemos visto, es la revelación última del vínculo de Jesús, Hijo amadísimo, con su Padre. Es el momento en que Jesús realiza de la manera más perfecta su misión de Hijo amadísimo, que es de glorificar al Padre, a su Padre, y salvar de los hombres. Es por eso que nuestra gracia siempre nos une a Jesús glorificando al Padre y salvando a los hombres. Es evidente que es primeramente por medio del amor como salvamos a los hombres con Jesús, y por medio del amor como glorificamos al Padre, ante todo.

Padre Marie-Dominique Philippe, o.p.

 

 

8.- Meditación del 25 de agosto del 2013

La misión del cristiano es la misma que la de Jesús

Es muy importante para nosotros comprender que todos estamos llamados, por nuestro bautizo, a estar unidos a Jesús de tal manera que en nuestra vida deseemos estar lo más cerca posible de Él, lo más unidos a Él. En cierto modo, el itinerario de todos los cristianos en la tierra ya ha sido dado, ya que nuestra gracia consiste en continuar la gracia de Jesús. Juan Pablo II dio una definición muy bella de la Iglesia (que antes no había sido dado con tanta claridad) cuando dijo que el camino de la Iglesia, la vía de la Iglesia, era la de Jesús prolongada. La Iglesia no tiene otro itinerario más que el de Jesús. Entonces, todo lo que la Iglesia realiza en la tierra está inscrito en el itinerario de Cristo. Es el itinerario de Cristo que se prolonga a través del tiempo y del espacio, pero es el mismo itinerario. Si no, estaríamos fuera de la guía del Espíritu Santo sobre la Iglesia y, entonces, sería nuestra fantasía y no el itinerario de la Iglesia en su propio misterio, en su misterio de Esposa de Jesús. Una esposa no tiene otro itinerario más que el de su esposo; y este es itinerario que ella prolonga y que continúa.

Es a la luz de la Cruz como debemos comprender lo que, en la Iglesia, es o no es del Espíritu Santo. Esto es muy importante, porque a veces podemos preguntarnos si lo que hacemos es verdaderamente la obra del Espíritu Santo, si es en verdad lo que quiere que hagamos. Para hacer este discernimiento, el criterio es este: ¿lo que hacemos es conforme a lo que hizo Jesús? Lo que Jesús hizo y vivió, lo leemos en los Evangelios. Ahí vemos cómo Jesús es el Enviado del Padre por excelencia: todo lo que Jesús hizo, lo hizo conforme al Padre ¾“El Hijo no puede hacer nada por su cuenta, si no lo que ve hacer al Padre”[6]. Y todo lo que la Iglesia hace, debe hacerlo conforme al camino de Cristo. Si no, ya no es la Esposa de Cristo, ya no es la que sigue y vive plenamente su misión. La misión de la Iglesia es la de Cristo[7]. En esta expresión tan fuerte Juan Pablo II resume toda la Tradición: La misión de la Iglesia es la misión de Cristo. Es esta misión de Cristo que se continúa y que toma su fuerza, su vigor. Lo que caracteriza la misión de la Iglesia: no es su misión ¾ La Iglesia no tiene misión propia¾, es la de Jesús prolongada en el tiempo y lugar. Y la misión de Cristo la vemos descrita en los Evangelios.

Padre Marie-Dominique Philippe, o.p.

+

El testigo es aquél que vive del misterio

El misterio de la Cruz reclama ser contemplado por sí mismo. El cristiano es primeramente aquél que contempla, es decir, que desea vivir en todas sus exigencias el misterio de la Cruz, abriéndose a esta luz que viene a iluminar su corazón. La Cruz de Cristo reclama, a aquél que se deja atraer, volverse testigo de Cristo: testigo de la verdad, testigo de su amor por el Padre, testigo de su amor por todos los hombres.

Padre Marie-Dominique Philippe,o.p.

 


[1] Cf. Sal 124, 7; 102, 8.

[2] Ver Suma Teológica, II-II, c. 2, a. 3, 4 y 7.

[3] Ver Suma Teológica, I-II, c.3, a.8.

[4] Cf. 1 Co 15, 2 y 17.

[5] “No temas, soy yo, el Primero y el Ultimo, el que vive; estuve muerto, pero ahora estoy vivo por los siglos de los siglos” (Ap 1, 17-18).

[6] Jn 5, 19; cf. 30: “No puedo hacer nada por mi cuenta”.

[7] Redemptorishominis, § 7, 12 y 18; Redemtorismissio § 18,19 y 20; Dominum et vivificantem § 61; Tertio millenioadveniente § 56 (citando Concilio Vaticano II, Gaudium et Spes  § 3).

Publicités