Meditación « Las bodas de Caná » del 14 de julio de 2013.

(Juan 2)

Miremos atentamente lo que significa esta comida. Es maravilloso esta presencia de Jesús, y esta intimidad. Si Jesús está presente en las bodas de Caná, no es solamente para responder a la invitación, sino para manifestarnos su primera presencia de Salvador, a través de este gesto de amor, de este gesto familiar, de este gesto que transforma todo y da mucha luz y calor interior.

Jesús transforma en vino una gran cantidad de agua, y este segundo vino es mejor que el primero: calidad y cantidad, aquí, van juntos…Ahora bien, para los Griegos unir la calidad y la cantidad es algo maravilloso; porque normalmente siempre debemos optar por una y, por el mismo hecho, excluir a la otra. Lo que es maravilloso en Caná, es que la calidad y la cantidad son una. Está bien indicado, para hacernos comprender que, en nuestra vida cristiana, la calidad y la cantidad deben siempre ir juntas. Y pueden ir juntas porque hay una intervención de Dios que hace que las dos puedan estar unidas, mientras que los hombres no pueden unirlas: tienen que optar. Entonces somos hombres de cantidad o hombres de calidad. Mientras nos sea posible, ¡seamos cristianos de calidad y no solo de cantidad! La vida cristiana, a diferencia de la vida del antiguo Testamento, es una vida en la que la calidad siempre debe vencer. Ahora bien, ¿cuál es la calidad de nuestras actividades, de nuestras acciones? Es conducir al amor. Es el amor lo que da la calidad a nuestras actividades; el amor da intensidad a todo y un color diferente. Todo es cambia según actuemos con amor o sin amor.

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            Jesús se nos revela a través de sus gestos de misericordia y de amor, y es esto lo que es tan bello en el Evangelio de Juan: en cada uno de los encuentros con tal o cual persona, o con su pueblo, Jesús se compromete siempre y totalmente en lo que hace. Es justo lo contrario del diletantismo. Jesús tiene una misión que cumplir, que el Padre le ha confiado y él quiere ir hasta el fin en esta misión y así mostrarnos que El es el Hijo amado del Padre. Todo lo que hace, lo hace siempre obedeciendo al Padre, bajo el soplo de amor del Padre. Y a través de estos gestos de Cristo, a través del cumplimiento de su misión sacerdotal de Hijo amado, descubrimos la misericordia del Padre por los hombres, según lo que se dice en el Evangelio. La Antigua Alianza eran los servidores del Padre quienes venían a instruirnos y a mostrarnos lo que es el Dios, dueño de todo y el Creador. La Nueva Alianza es el Padre quien envía a su Hijo amado y que, enviándolo, se revela a nosotros de manera única, enteramente amorosa. Esto es muy impresionante: el Padre se nos revela a través de su Hijo amado. El Padre nos hace comprender lo que El quiere realizar a través de su Hijo para colmarnos de su amor, de su misericordia, de su perdón.

Padre Marie-Dominique Philippe, o.p.

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