Meditación « la fe » del 7 de julio de 2013.

 

            En nuestros días la esperanza ¿no es más necesaria que nunca? Si el cristiano no está muy atento, corre el riesgo de caer en la desesperación. ¿Por qué? Porque hay muchos horizontes que están como bloqueados. Ya no se ve muy bien lo que el cristiano, el joven cristiano fervoroso, puede hacer. Constantemente hay ideas negras que circulan: “No, no vayan por ahí…”. Y cuando un joven tiene iniciativas demasiado violentas, se le dice: “Cuidado, cuidado, ¿es que todo el mundo está de acuerdo?”. Se tiene una gran preocupación por que todo el mundo esté de acuerdo y que eso hace que frecuentemente se frene en todos los sentidos. ¿Acaso hay un santo que haya dicho: “La santidad es que todo el mundo esté de acuerdo”? ¡No! Mientras que se dice que el deseo vehemente es la santidad. No cedamos al defecto de hoy, de querer a toda costa que todo el mundo esté de acuerdo. Si se hiciera un plebiscito sobre la santidad, ¡estoy seguro que no funcionaría! Se diría que la santidad ya no es de este tiempo. Pero haber nacido en un siglo de no-santidad, ¡es muy aburrido! Porque eso muestra que el amor se ha entibiado. Y a los tibios, sabemos lo que dice el Apocalipsis: “Yo los vomitaré”[1]. Ahora bien nuestro siglo, ¿no es un poco un siglo de tibieza? Un siglo impresionante desde el punto de vista de las invenciones, un siglo extraordinario desde el punto de vista técnico, pero en el que todo lo que hay de inteligente se va hacia ese sentido, de manera que ya no queda gran cosa para el amor.

Es por eso que es muy importante recordarnos que nuestra vida cristiana es, ante todo, una vida de fe, de esperanza –de deseo- y de amor. Y que la fe y la esperanza son para el amor, y van a permitir al amor tomar posesión de todo nuestro corazón.

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            Nosotros aspiramos a vivir, en la fe cristiana, de la presencia de Cristo, de la presencia del Padre, de la presencia de Dios; pero ¿cuántos hombres y mujeres, hoy en día, pueden vivir verdaderamente de esta presencia? Es por eso que es bueno ver que todo esto está anunciado de una manera u otra y que, en la Revelación, hay algo que olvidamos demasiado: los signos que nos ayudan a no endormecernos, que están ahí para despertarnos y mostrarnos que, por encima de estos signos, está Alguien que nos los da, está Jesús, está el Padre.

Estos signos toman toda nuestra sensibilidad, los carismas toman nuestra sensibilidad. ¿Por qué? Porque nos es muy difícil descubrir el realismo de la fe. Tenemos mucha dificultad en descubrir hasta qué punto la fe cristiana toma posesión de nuestro ser; no solamente de nuestra alma, sino de nuestra sensibilidad y de nuestro cuerpo. Estamos enteramente cautivados por Dios, puesto que nuestro cuerpo y nuestra alma, de manera diferente vienen de Dios. Nuestra alma es creada directamente por Dios; nuestro cuerpo depende de Dios que se sirve de la generación humana, y entonces de esta dependencia, en lo referente al cuerpo, que existe entre los hijos y los padres. Hay, entonces, todo un “atavismo” y estas semejanzas familiares tan impresionantes que Dios respeta y de las cuales se sirve. Dios no tenía necesidad de eso, pero se sirve de él y son como signos. Estas semejanzas familiares que tenemos con un abuelo, una abuela, un padre o una madre que están cerca de nosotros, en nuestra sensibilidad, en nuestra imaginación, y de los cuales dependemos, son signos. Pero a través de esta dependencia con respecto a nuestros padres, y por encima de ella, hay una dependencia radical de nuestra alma hacia Dios, que pone en nosotros una fuente de independencia. Porque depender de Dios es, al mismo tiempo y por el mismo hecho, ser libre y eso es impresionante. Es muy importante comprender esto. Nuestra dependencia radical hacia Dios es fuente de nuestra autonomía y de nuestra libertad. Hay algo muy grande que descubrimos a través de nuestra fe, nuestra esperanza y nuestra caridad.

Padre Marie-Dominique Philippe, o.p.

Conferencias 1996-1997 impartidas por el p. Marie-Dominique Philippe

“Jesucristo, educador de la fe a través de los signos”


[1] Cf. Ap 3,16: Ahora bien, puesto que eres tibio, y no frío ni caliente, voy a vomitarte de mi boca”.

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